Corría el año 1994 o 1995, no recuerdo con exactitud, cuando a Manuel de Sabatini (q.e.p.d), director escénico de ‘La leyenda del beso’ (uno de los títulos puestos en escena por la Fundación Arte Lírico en la temporada de zarzuela de ese año), se le ocurrió incluir un ballet en el intermezzo de la famosa obra.
“Se le ocurrió” es un decir. Supongo que Sabatini tuvo la posibilidad de ver alguna representación en el Viejo Continente, en la que se le agregaba este ingrediente innecesario a una de las piezas musicales más hermosas del repertorio lírico español, como si no fuera suficiente el daño que ya le había causado Mocedades cuando se le ocurrió ponerle letra y convertirla en música de plancha –música que también me encanta, aclaro, cuando no es el resultado de adaptar un pieza inadaptable–.
Lo que hizo Mocedades, a mi juicio, fue como tomar el plato más delicioso de la gastronomía española y convertirlo en un corrientazo. Fue como ponerle salsa de tomate a una paella o a un jamón ibérico, aunque la verdad es que ninguno de los dos tiene la delicada sazón del intermezzo de ‘La leyenda del beso’.
Para mí, una de las experiencias más lamentables de ir a zarzuela es que la gente empiece a cantar “ay, amor de hombre” cuando las cuerdas empiezan a interpretar la melodía de esta hermosa pieza. Incluso que la tarareen ya es para mí un despropósito mayor, y me aterra pensar que no falta quien crea que el intermezzo es una copia de la canción de Mocedades, y no al revés.
Y como si esto no fuera suficiente para alborotar mi úlcera, a Sabatini (brillante para las revistas y comedias del estilo de ‘Las leandras’ o ‘La corte de faraón’, eso no se puede negar) se le ocurrió importar la idea del ballet en el intermezzo.
Yo, señores, no sé bailar
Antes de seguir adelante es justo anotar que no sé bailar, que no me gusta bailar y que en muchos casos ni siquiera entiendo el baile. Esto no quiere decir que no reconozca su valor o que no haya presenciado piezas musicales acompañadas de baile (originalmente o añadido) que logran erizar la piel. Y aunque no era mi fuerte, los coreógrafos solían ponerme adelante en las piezas que incluían algún tipo de baile en las zarzuelas en las que pude participar como miembro del coro de la Fundación Arte Lírico, por allá entre 1993 y 1995, porque me lo tomaba en serio.
Porque hay piezas que fueron compuestas para ballet y hay otras que se prestan para incluir un ballet en ellas, así no haya sido la idea original del compositor. Pero no, el intermezzo de ‘La leyenda del beso’ no, por favor.
Y menos de la manera como los coreógrafos han decidido abordarlo. Personalmente creo que si este intermezzo tuviera que incluir un baile, sería una historia muy estilizada y suave en la que una pareja o un trío recrea de alguna forma la historia de la obra. No una secuencia de pasos que más allá de seguir los tiempos de la orquesta, no cuenta nada, no agrega ningún tipo de valor a la historia ni a la belleza de la obra en general, ni a la de la pieza en particular.
Y mi úlcera se convierte en perforación del intestino cuando empieza el zapateado… No hay palabras que expliquen con suficiencia la mezcla entre la delicadeza de la articulación y la tensión del pasaje del intermezzo que se interpreta en pizzicato, es algo que se debe oír. Pero en las representaciones que hace Arte Lírico eso no se escucha, porque el ballet está zapateando en el escenario. Y así viene ocurriendo desde ese fatal 1994 –o 95, no recuerdo bien– en el que a Manuel de Sabatini se le ocurrió importar ese adefesio de alguna representación que seguramente vio en España.
Si lo hacen en España, ¡también está mal!
“¡Pero si lo hacen en España!”, dirán algunos. Si lo hacen en España lo hacen mal. Si lo hacen en todo el mundo lo hacen mal. Que lo haga todo el mundo no quiere decir que esté bien hecho. Una de las cosas más hermosas que logra la música es contar historias sin necesidad de palabras; y aunque no sea mi fuerte, el ballet tiene su parte en este hermoso propósito. Por eso me imagino el ballet del intermezzo de ‘La leyenda del beso’ como un resumen en 4 minutos del argumento de la obra, muy estilizado, muy estético. No esa secuencia de pasos para llenar el tiempo que dura la música con que lo han abordado muchos coreógrafos, ¡y además con zapateado!
Una mala maña que no solamente he visto en esta pieza, sino que he tenido que sufrir en otras, de compañías diferentes a Arte Lírico: ballet de fondo mientras el solista interpreta una romanza; ballet mientras el coro canta desde lo más profundo del escenario una pieza creada especialmente para la interpretación colectiva (a veces, como consecuencia de la pereza o incapacidad actoral del coro, hay que decirlo); ballet en piezas musicales que no fueron creadas ni se prestan para ir acompañadas de baile. Como homenaje a Les luthiers, podría decir que ponen un ballet que baila delante del ballet en piezas compuestas para ballet.
Por allá en 1995 –o 94, no recuerdo–, Manuel de Sabatini infló el pecho y dijo con soberbia: “Aquí es cuando todos se callan”, seguido de un par de insultos en un pulido castellano, cuando al finalizar el intermezzo (con ballet) el teatro ovacionó la interpretación. Seguramente Sabatini no sabía que el teatro siempre ‘se viene abajo’ luego de la interpretación de esta pieza, que el mérito no fue del ballet. Seguramente, lo reconozco con tristeza, esto tiene que ver con el hecho de que la gente asocia el intermezzo con la canción de Mocedades. Me gustaría pensar que pasa porque la gente valora la belleza de este intermezzo sin pensar en “ay, amor de hombre”. Pero no siempre es así, ¡y tampoco es por el ballet!
Este sábado 15 de junio asistiré por enésima vez como público a una representación de ‘La leyenda del beso’, una de mis obras favoritas, que también tuve la oportunidad de representar como parte del coro en una decena de oportunidades. Vayan a verla, que –a pesar de todo lo que digo acá– es muy bonita.
Y como ya se ha vuelto costumbre, lamentaré profundamente el momento en el que la orquesta comience a interpretar el intermezzo, mientras el público tararea o canta “ay, amor de hombre” y el ballet zapatea en el escenario… Seré testigo, una vez más, de cómo lo sublime se puede convertir en lamentable.