En alguna ocasión vi un documental con Plácido Domingo (reconocido exponente del canto lírico), en el que el tenor español decía –palabras más, palabras menos– que no siempre quedaba completamente satisfecho al terminar una presentación y que experimentaba cierta frustración por el hecho de saber cómo se debe cantar y no siempre poder hacerlo bien.
Ese día sentí un gran alivio. No es mi cantante favorito ni creo que tenga la mejor técnica, pero aun así es un referente. Y resulta que ¡Plácido Domingo y yo compartíamos la misma frustración! Guardadas las proporciones, claro está, pero aun con lo poco o mucho que pueda saber de técnica, creo que tengo bases suficientes para reconocer cuando una nota sale bien o cuando sale mal. Y también es frustrante para mí que no siempre salgan bien.
La voz es caprichosa. Cuando un pianista tiene dolor de cabeza o un violinista amanece indispuesto, es bastante probable que su interpretación no sea tan buena como los días en que está completamente saludable y de buen talante; pero al fin y al cabo, mientras su instrumento esté afinado, un do siempre va a sonar do y un la bemol siempre va a sonar la bemol.
Cuando un cantante tiene dolor de cabeza o de estómago, o cuando amanece indispuesto, triste o deprimido, es bastante probable que no solamente su interpretación se vea afectada; también es posible que las notas que salgan no sean las que quiere dar o que, incluso, no salgan por donde tienen que salir, así el órgano afectado no sea la garganta.
Lograr que el cuerpo humano como instrumento siempre se comporte igual es todo un reto, incluso en perfectas condiciones de salud y de ánimo.
El canto lírico es arte con deporte
Ramón Calzadilla, maestro de canto cubano, me decía que el canto es ‘arte con deporte’, pues cantar requiere un esfuerzo físico. La técnica vocal busca lograr la mejor emisión (en todo el sentido del término) con el menor desgaste posible (por no decir necesariamente que con el menor esfuerzo, pues fuerza sí hay que hacer, pero no desmesurada y tampoco donde todo el mundo piensa… de este tema me ocuparé en otra ocasión).
Pero tomo la frase de Calzadilla porque quizás el fenómeno del cantante es comparable con el de un deportista, porque los dos pueden tener jornadas muy buenas y otras no tanto. El cantante, eso sí, debe evitar las jornadas malas, pues suelen ser más notorias y tener peores consecuencias que para los deportistas. Un delantero se puede dar el lujo de no hacer gol durante varios partidos seguidos y lo siguen poniendo de titular. Un cantante no puede darse el lujo de no dar una nota en una sola presentación, so pena de ver bajar el telón antes de tiempo…
Claro que no hay que irse al extremo. El día que pude ver a Juan Pons en vivo, en el teatro Colón de Bogotá, al barítono español se le salió un ‘gallito’ en una nota intermedia, que no revestía mayor dificultad. Al final de la pieza, la ovación premió las otras mil notas que el cantante dio con total maestría. Ese ‘gallito’ quizás lo hizo ver más humano, más cercano a la gente, y elpúblico lo celebró más como una anécdota que como un error.
Pero durante una función de Rigoletto en el mismo escenario, hace algunos años, el tenor resultó tan malo que ni siquiera lo aplaudieron cuando terminó de cantar ‘La donna è mobile’, una pieza que usualmente ‘se defiende sola’.
Cantar bien –sobre todo cantar bien siempre– es difícil, porque la voz es un instrumento caprichoso que no se puede afinar con una clavija y que se puede afectar muy fácilmente por factores externos, físicos o emocionales. Por eso, lograrlo es una de las experiencias más emocionantes que puede experimentar un ser humano… bueno, uno al que le guste el canto lírico… al que le guste cantar.